Córdoba

 

CÓRDOBA: UNA SÍNTESIS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

“Todo pasa. Sólo el verdadero arte es eterno”. (Téophile Gautier)

La sensibilidad por el arte, aunque pueda parecer algo inherente a la especie humana, no ha acompañado al hombre desde los inicios de su andadura a través de los siglos y las culturas. Así, en tiempos remotos y en algunos momentos históricos no tan alejados del presente, destruir la totalidad de los templos y palacios de los pueblos vencidos, sin tener en cuenta su valor artístico, formaba parte de la rutina en un mundo de confrontaciones entre diferentes grupos.

Sin embargo, parece que la belleza incuestionable de algunas construcciones ha hecho que la piedad se apodere de los gobernantes, y a día de hoy podemos disfrutar de pequeños incisos en la Historia de una trascendencia inmensurable. Son pocos, pero parecen luchar con arrojo contra el paso del tiempo y contra su mayor amenaza, la especie humana, la misma que los creó.

Éste es el caso de la Alhambra, donde la demostración del poder musulmán que representa esta obra faraónica permanece en lo alto de la ciudad de Granada, y donde la imponente y chocante presencia del Palacio de Carlos I, aunque hay quien opina que daña a la vista, debe interpretarse quizá como el deseo de disfrutar de esta maravilla desde dentro.

En Jerez, por ejemplo, una ciudad por la que han pasado tartesios, fenicios, romanos, musulmanes, judíos y cristianos, el Alcázar conserva la única de las dieciocho mezquitas que hubo en esta ciudad. La magia de este pequeño templo se alza tímida entre las construcciones posteriores, que le aportan el extraño aspecto que presenta en la actualidad por la mezcla de tiempos y estilos.

Sin embargo, es más al norte, en Córdoba, donde como parte del segundo casco histórico más grande de Europa nos sorprende la que pocos conocen por su verdadero nombre, la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora. La imponente Mezquita de Córdoba es otro de esos tesoros que el paso de los siglos nos ha legado a los españoles, y cuya abrumadora belleza debió de sorprender también a los reyes cristianos, pues cuando Córdoba fue arrebatada a los musulmanes su gran templo fue respetado, aunque adaptado al nuevo culto que iba a tener lugar en su interior.

En una ciudad en la que la grandeza del califato, cuando Córdoba era sinónimo de cultura y opulencia, sólo se intuye por pequeñas muestras como el solitario alminar de San Juan, pendiente de restauración y que inspira la más profunda tristeza, la Mezquita sorprende al visitante por primera vez, aunque sepa de antemano que va a encontrarse allí con ese bosque de 1300 columnas y 365 arcos.

La Mezquita fue construida, como no podía ser de otra manera en esos tiempos remotos, sobre los restos de la basílica visigótica de San Vicente, tras un tiempo de armonía en el que este templo lo compartían cristianos y musulmanes. Finalmente, el primer emir omeya, Abderramán I, compró su parte a los cristianos, y comenzó la construcción de la que fue la segunda mezquita más grande del mundo, tras la de La Meca, hasta que en 1588 se alzó la Mezquita Azul de Estambul.

Hasta 20.000 personas podían darse cita en el interior de lo que ahora es un sorprendente híbrido arquitectónico, llevando a cabo decisivas reuniones religiosas y políticas entre el rojo y el blanco de sus arcos de herradura y el dorado del mihrab, sobre cuya orientación al Sur y no a La Meca se han vertido todo tipo de hipótesis.

En el centro, una preciosa capilla catedralicia, que invita al silencio y a la reflexión, y en la que es imposible no hacerse una pregunta: ¿por qué no es posible que los distintos pueblos, con sus costumbres y sus credos, puedan vivir en paz? Y es que son pocos los momentos históricos, desgraciadamente, en que se ha disfrutado de la paz entre las diferentes religiones, aunque un paseo por las callejuelas de Córdoba sirva como ejemplo de que la convivencia pacífica, en aquellos tiempos remotos, fue una realidad en algunos periodos.

Cien años de obras, con un aspecto final entre el Renacimiento y el Barroco, dieron lugar a la gran nave cristiana que, si bien supone una completa ruptura con los postulados espaciales islámicos, responde a la necesidad de acomodar el edificio al culto cristiano. Desde el principio, además, se determinó dejar el ámbito de mayor esplendor de la antigua Mezquita con el aspecto que presentaba.

Carlos I, el mismo que se construyó un palacio en el interior  de la Alhambra, fue responsable del respaldo final a la realización de la obra que nos lleva a hablar de Córdoba como una síntesis de la Historia de España. Sin embargo, también es suya, o al menos así ha quedado para la posteridad, la siguiente frase: “habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes”.

Eduardo DeTorre Solano

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